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Historia y Arte Pinceladas

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Caída del Imperio Romano e Invasiones Germánicas

Curso: 2º de ESO · Materia: Historia

La caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476 fue un proceso prolongado que se debió a la confluencia de varias crisis.

En el ámbito político, el imperio se vio sumido en la inestabilidad, con luchas internas por el poder y una rápida sucesión de emperadores, lo que debilitó su capacidad de gobernar y mantener el control. Además, el amplio territorio era difícil de defender, y en 395, el emperador Teodosio decidió dividir el imperio en dos: el de Oriente (con capital en Constantinopla) y el de Occidente (con capital en Roma).

En el Imperio de Occidente, las fronteras fueron constantemente presionadas por pueblos bárbaros, como los visigodos, francos y ostrogodos, quienes aprovecharon la debilidad romana para invadir sus tierras. Esto, junto con la creciente influencia de los generales militares, muchos de los cuales controlaban el poder más que los propios emperadores, complicó aún más la situación.

La economía sufrió una fuerte crisis debido a la caída del comercio. El dinero perdió valor y los precios subieron, lo que llevó al abandono de las ciudades. Este proceso de ruralización se aceleró, ya que muchas personas decidieron buscar seguridad en el campo debido a la inestabilidad de las ciudades y la creciente inseguridad provocada por las invasiones. Esto dio lugar a que las personas vivieran en comunidades rurales, donde cada uno debía producir lo que necesitaba para sobrevivir.

Finalmente, en el año 476, Odoacro, un líder germano, ocupó la península itálica y depuso al último emperador de Occidente, Rómulo Augústulo, marcando el fin del Imperio Romano de Occidente y dando paso a una nueva era: la Edad Media.

Invasiones bárbaras

Tras la caída del Imperio Romano, se produjo una serie de migraciones y desplazamientos de pueblos que transformarían Europa. Los pueblos germánicos, también conocidos como «bárbaros«, que vivían más allá de las fronteras del imperio, comenzaron a moverse hacia el territorio romano debido a las invasiones de otros pueblos más belicosos, como los hunos, que venían desde las llanuras de Eurasia. Este desplazamiento en cadena obligó a los germanos a cruzar las fronteras del imperio en busca de nuevas tierras donde establecerse.

Entre los pueblos más destacados se encuentran los vándalos, ostrogodos, lombardos y visigodos. Cada uno de ellos se asentó en diferentes partes del antiguo territorio romano, formando reinos independientes.

Socialmente, los germanos se convirtieron en la nueva clase dirigente, con una organización social basada en comunidades rurales, donde la nobleza ejercía un poder dominante, mientras que los artesanos y comerciantes perdieron su importancia. Igualmente, aumentó el número de esclavos y siervos.

Culturalmente, la educación sufrió una gran crisis, las escuelas cerraron y el conocimiento quedó guardado en los monasterios. Las grandes construcciones dejaron de realizarse, y las artes menores, como la orfebrería, comenzaron a cobrar mayor importancia.

Visigodos

Tras moverse por varias regiones de Europa, finalmente se establecieron en la Península Ibérica durante los siglos V y VI, después de ser derrotados por los francos en la batalla de Vouillé en 507. Este pueblo germánico, que inicialmente había formado un reino en Tolosa (Francia), decidió trasladar su capital a Toledo, desde donde comenzaron a organizar su propio reino. Fue el primer intento de unificar políticamente la Península Ibérica y se mantuvo hasta la llegada de los musulmanes a principios del siglo VIII.

Organización política y social

Políticamente, se organizaron bajo una monarquía electiva, en la cual los reyes eran elegidos por los nobles a la muerte del anterior monarca, lo que provocaba frecuentes luchas internas entre los nobles que querían acceder al trono. El rey gobernaba con la ayuda de un consejo llamado Aula Regia, compuesto por nobles y líderes religiosos, que se encargaba de asuntos importantes como las leyes y la justicia. Durante los reinados de Leovigildo y su hijo Recaredo, el reino visigodo alcanzó su mayor esplendor. Sin embargo, las luchas por el poder continuaron debilitando el reino con el tiempo.

En cuanto a la sociedad, estaba claramente dividida en clases. En la parte superior se encontraba una minoría de nobles y altos cargos de la Iglesia, como obispos y abades. Un nivel inferior estaba compuesto por pequeños propietarios de tierras, artesanos y comerciantes, mientras que en la base de la pirámide social se encontraban los siervos, que trabajaban las tierras de los grandes terratenientes y dependían de ellos para su sustento.

Economía

La economía visigoda se basaba principalmente en la agricultura, y las tierras se trabajaban en grandes latifundios controlados por la nobleza (tanto visigoda como hispanorromana) y la Iglesia. Los cultivos más importantes eran los cereales, la vid y el olivo, que formaban la «triada mediterránea». Además, la ganadería trashumante también jugaba un papel fundamental en la economía. La autosuficiencia era clave en esta época, ya que el comercio había disminuido notablemente tras la caída del Imperio Romano.

Religión y leyes

Originalmente, practicaban el arrianismo, una forma de cristianismo que sostenía que Cristo era el hijo de Dios, pero no Dios mismo, y por tanto negaba su divinidad. Sin embargo, el rey Recaredo, en el siglo VII, se convirtió al catolicismo, unificando así la religión en el reino y consolidando la influencia de la Iglesia. A partir del IV Concilio de Toledo en 633, los concilios comenzaron a tener un papel político importante, ayudando al rey en la creación de leyes.

Una de las grandes contribuciones de los visigodos fue la unificación legal entre visigodos e hispanorromanos, lo que se plasmó en el Liber Iudiciorum o Fuero Juzgo, un conjunto de leyes que recopilaba las normas del reino, iniciado por Leovigildo y culminado en el siglo VII.

Cultura y arte

La cultura sufrió un retroceso en comparación con la época romana, y la educación quedó en gran parte en manos de la Iglesia. Una figura destacada en este campo fue San Isidoro de Sevilla, quien en su obra Etimologías recopiló el saber de su tiempo, convirtiéndose en una de las obras más importantes de la Edad Media.

En el campo del arte, los visigodos hicieron importantes aportaciones. Introdujeron el arco de herradura, que se utilizó en la construcción de pequeñas iglesias, como Santa Comba de Bande en Orense, San Juan de Baños en Palencia y San Pedro de la Nave en Zamora. Además, eran expertos en la orfebrería, produciendo trabajos en oro de gran belleza, como las fíbulas (broches) y las coronas votivas, que se ofrecían como regalos religiosos.

El final del reino visigodo

Tras el reinado de Wamba (672-680), las constantes luchas entre la nobleza y la monarquía debilitaron gravemente el reino, lo que facilitó la invasión musulmana en el año 711. Las tropas de Tarik, gobernador musulmán del norte de África, desembarcaron en lo que hoy es Tarifa y derrotaron a don Rodrigo, el último rey visigodo, en la batalla de Guadalete en 711. Este evento marcó el fin del reino visigodo y el inicio de la conquista musulmana de la Península Ibérica, que cambiaría la historia de la región de forma definitiva.

Carolingios

Fueron una dinastía que gobernó el Reino Franco, pertenecientes a un pueblo germánico que se asentó en la región del Rin y que, tras ocupar la antigua Galia romana, se expandió por Europa Central y la península itálica. Esta dinastía surgió en el siglo VIII con Pipino el Breve, hijo de Carlos Martel, quien se convirtió en rey de los francos al derrocar a los merovingios, la dinastía anterior que había gobernado desde el siglo V bajo el liderazgo de Clodoveo. El hijo de Pipino, Carlomagno, se convertiría en uno de los líderes más influyentes de la historia europea.

Gobierno y administración

Carlomagno, rey de los francos desde 771, llevó a cabo una serie de campañas militares para expandir su reino, llegando a controlar territorios que hoy incluyen Francia, Alemania, Italia y parte de la Península Ibérica. Estas conquistas le permitieron restaurar una unidad política en Europa occidental que no se había visto desde la caída del Imperio Romano de Occidente. En el año 800, fue coronado emperador por el Papa, lo que lo convirtió en defensor de la Iglesia y le dio legitimidad para gobernar como heredero del antiguo Imperio Romano.

Se encargó de dividir su imperio en condados, gobernados por condes que administraban justicia y gobernaban en su nombre. Las zonas fronterizas, más peligrosas, se organizaban en marcas, dirigidas por un marqués, que además de tareas administrativas, tenía funciones militares para defender las fronteras. El poder del emperador estaba sostenido por una red feudal, donde él era el señor supremo y, a su vez, los nobles menores eran sus vasallos, en una cadena que conectaba a los más poderosos con los campesinos más humildes.

La economía del imperio carolingio, como la de otros pueblos germánicos, se basaba en la agricultura. Los latifundios, grandes extensiones de tierra, eran propiedad de la nobleza y de la Iglesia, y eran trabajados por siervos. La producción artesanal se realizaba dentro de los mismos latifundios, ya que las ciudades habían perdido importancia.

Sociedad

La sociedad estaba claramente dividida en tres grandes grupos. En la parte superior se encontraban los nobles y los altos cargos de la Iglesia, quienes poseían la mayor parte de las tierras y ocupaban los cargos más importantes en el gobierno y la administración. En el nivel intermedio estaban las personas libres, como campesinos, artesanos y comerciantes, que podían poseer pequeñas parcelas de tierra y tenían cierta libertad. Finalmente, en la parte inferior se encontraban los siervos, descendientes de antiguos esclavos, que estaban atados a la tierra y no podían abandonarla sin el permiso de su señor.

Este sistema social mezclaba elementos romanos, como la esclavitud y los cargos eclesiásticos, con tradiciones germánicas, como el juramento de lealtad al señor. Los campesinos libres estaban obligados a servir en el ejército, mientras que los nobles ricos, con grandes extensiones de tierra, servían como caballeros.

Cultura y legado de Carlomagno

Se impulsó una reforma educativa para revitalizar la cultura y recuperar la tradición escrita, que se había perdido en gran medida tras la caída del Imperio Romano. Esto se conoce como el Renacimiento Carolingio, un periodo en el que se promovió el aprendizaje y las artes, y se reformaron las escuelas en los monasterios.

A pesar de los logros de Carlomagno, su imperio no sobrevivió mucho después de su muerte en el año 814. A su hijo Ludovico Pío le resultó difícil mantener la unidad, y tras su muerte, el imperio se dividió entre sus tres nietos: Lotario, que mantuvo el título de emperador y controló parte de Francia, Carlos el Calvo, que gobernó Francia occidental, y Luis el Germánico, que se quedó con Germania. Esta división debilitó el imperio, marcando el inicio de su decadencia.

Los Vándalos

Tras ser empujados por las invasiones de otros pueblos y presiones internas, los vándalos comenzaron a desplazarse por Europa. En el año 409, junto a los suevos y los alanos, cruzaron los Pirineos y se asentaron en la Península Ibérica. En esta región ocuparon parte de lo que hoy conocemos como Andalucía, donde llegaron a establecerse por un tiempo.

Sin embargo, su estancia en Hispania no fue permanente. En el año 429, los vándalos, liderados por su rey Genserico, cruzaron el estrecho de Gibraltar y se dirigieron hacia el norte de África. Allí, tras conquistar la rica ciudad de Cartago, fundaron un reino que se convirtió en una potencia en el Mediterráneo occidental.

Controlaron rutas comerciales y llegaron a ser una fuerza naval temida, ya que realizaron numerosos ataques y saqueos a las costas del Mediterráneo, incluida la famosa incursión a Roma en el año 455, donde saquearon la ciudad. Estos ataques violentos y destructivos son el origen de la palabra «vandalismo», que hoy utilizamos para describir la destrucción sin sentido.

A pesar de su poderío naval y su control sobre una parte importante del Mediterráneo, el reino vándalo no duró. En el siglo VI, el emperador bizantino Justiniano I lanzó una campaña para reconquistar los antiguos territorios del Imperio Romano de Occidente, y en el año 533, el general bizantino Belisario derrotó a los vándalos en la Batalla de Tricamerón y puso fin a su reino, incorporando el norte de África al Imperio Bizantino.

Los Ostrogodos

Los «godos del este», eran un pueblo germánico que se estableció inicialmente en la región que hoy conocemos como Ucrania. Tras el colapso del Imperio Romano de Occidente, los ostrogodos se convirtieron en un actor clave en el Mediterráneo. Bajo el liderazgo de su famoso rey Teodorico el Grande, en el año 493 lograron establecer un reino en Italia, tras derrotar al líder bárbaro Odoacro, quien había depuesto al último emperador romano de Occidente en 476.

Teodorico buscó mantener el orden y restaurar la estabilidad en la región, gobernando con cierta tolerancia tanto hacia los romanos como hacia los godos. Aunque los ostrogodos eran arrianos, Teodorico permitió que los católicos continuaran practicando su fe, lo que ayudó a mantener una paz relativa entre las diferentes comunidades religiosas y étnicas de Italia.

Durante su reinado, se mantuvieron relaciones diplomáticas con otros reinos germanos y el Imperio Bizantino. Sin embargo, después de su muerte en 526, el reino ostrogodo comenzó a debilitarse debido a luchas internas por el poder y a la falta de un liderazgo fuerte. En el año 535, el emperador Justiniano I, inició una serie de guerras conocidas como las Guerras Góticas para recuperar Italia, que culminó con la derrota final de los ostrogodos en 552, marcando el fin de su reino.

Los Alanos

En el año 409, los alanos se asentaron temporalmente en la Península Ibérica. En ese momento, formaron parte de los pueblos que atacaron las provincias del Imperio Romano de Occidente, participando en la destrucción de ciudades y en la lucha por territorios.

En Hispania, se asentaron principalmente en las regiones de Lusitania (parte de lo que hoy es Portugal) y Cartaginense (parte del sur de España). Sin embargo, su presencia en la península fue relativamente breve. Con el tiempo, fueron absorbidos o se aliaron con otros pueblos germánicos, especialmente los vándalos, con quienes se unieron para cruzar hacia el norte de África en 429. Después de este movimiento, los alanos como pueblo independiente desaparecieron gradualmente.

Los Suevos

Originarios de las tierras entre el Rin y el Elba, en Germania, formaban parte de los pueblos bárbaros que cruzaron la frontera romana en el año 406. Tras atravesar los Pirineos en 409, llegaron a la Península Ibérica y, en 411, se asentaron en la antigua provincia romana de Gallaecia (noroeste de Hispania), gracias a un pacto entre su rey Hermerico y el emperador romano Honorio. Este acuerdo permitió a los suevos configurar el primer reino medieval de Occidente.

Su primera capital fue Braga, en la actual Portugal, y otras ciudades importantes de su reino fueron Lugo y Astorga. Los suevos se distinguieron por ser el primer pueblo bárbaro en convertirse al catolicismo, un hecho significativo que ocurrió antes que otros pueblos germánicos. El rey Requiario, uno de sus monarcas más destacados, fue también el primer rey bárbaro en acuñar moneda en su reino, reflejando una consolidación de su poder e influencia en la región.

El Reino Suevo fue perdiendo poder y finalmente fue conquistado por los visigodos en 585, bajo el mando del rey Leovigildo, incorporando así sus territorios al Reino de Toledo.

Los Anglosajones

Los anglosajones eran una combinación de tribus germánicas que incluían principalmente a los anglos, sajones y jutos, quienes vivían originalmente en lo que hoy es Dinamarca y el norte de Alemania. En el siglo V, tras la caída del Imperio Romano de Occidente y la retirada de las legiones romanas de Britania (lo que hoy es Gran Bretaña), estas tribus comenzaron a invadir y asentarse en la isla.

A lo largo del siglo V y VI, los anglosajones desplazaron a las poblaciones locales celtas y establecieron varios reinos en la región, como Wessex, Mercia, Northumbria y Kent. Estos reinos anglosajones no estaban unificados en un principio, sino que competían entre sí por la supremacía. Con el tiempo, algunos de estos reinos crecieron en poder y eventualmente formaron el núcleo del reino de Inglaterra.

Además, trajeron consigo su propia lengua y costumbres, y su idioma, el anglosajón o inglés antiguo, sería la base del actual inglés. También introdujeron nuevas formas de gobierno, y aunque inicialmente eran paganos, a partir del siglo VII comenzaron a convertirse al cristianismo bajo la influencia de misioneros.

Bizancio

La parte oriental del imperio, conocida como Imperio Bizantino, continuó existiendo durante casi mil años más, hasta 1453, cuando fue conquistada por los turcos otomanos. La capital, Constantinopla, anteriormente llamada Bizancio, había sido fundada por los griegos, pero fue renombrada y convertida en la capital imperial por el emperador Constantino I en 330 d.C. A diferencia del occidente romano, Bizancio logró mantenerse debido a su estratégica ubicación geográfica, su fuerte ejército y su vibrante economía, lo que le permitió sobrevivir durante siglos.

La época de Justiniano (527-565)

Durante el reinado de Justiniano I, quien gobernó entre 527 y 565, se propuso restaurar la grandeza del antiguo Imperio Romano. Con este objetivo, lanzó una serie de campañas militares para reconquistar territorios que habían caído en manos de los pueblos bárbaros. Logró recuperar partes importantes del antiguo imperio, como la costa dálmata, Italia, el norte de África, el sur de Hispania y las Islas Baleares. Aunque estas reconquistas fueron impresionantes, muchas de estas tierras se perdieron poco después de su muerte debido a lo costoso y difícil que resultaba mantener un imperio tan extenso.

También destacó por su reforma legal, compilando las antiguas leyes romanas en el Código de Justiniano, que sentó las bases del derecho en Europa durante siglos. Además, bajo su gobierno, Bizancio alcanzó una gran prosperidad económica, con una floreciente agricultura y un comercio mediterráneo revitalizado. También impulsó importantes proyectos arquitectónicos, como la construcción de la famosa basílica de Santa Sofía en Constantinopla.

Tras su muerte, Bizancio comenzó a perder muchas de las tierras recuperadas, y a partir del siglo VII, el Imperio se fue replegando hacia sus zonas orientales debido a las invasiones de nuevos enemigos, como los persas y, más tarde, los árabes.

Durante este proceso de repliegue, el imperio se orientalizó cada vez más. En lugar del latín, el griego se convirtió en la lengua oficial del imperio, y la figura del emperador, conocido como basileus, adquirió un carácter casi divino, siendo considerado la máxima autoridad no solo política, sino también religiosa.

Estas diferencias religiosas desembocaron en el Cisma de Oriente en 1054, separando definitivamente a la Iglesia Ortodoxa de la Iglesia Católica.

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    • https://trampantojos.wordpress.com/2016/10/01/2o-e-s-o-invasiones-barbaras/

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